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La
adopción es un modo de parentalidad equivalente simbólicamente,
a la paternidad biológica. La biología en sí,
no define ser padre y madre. Estas funciones fundamentales para
el armado psíquico del niño, comienzan a desarrollarse
antes del nacimiento o de la adopción, desde el momento
en que se genera el deseo de tener un hijo y se sueña con
él.
Un
niño, antes de ser dado en adopción, sufre una separación,
es una privación de un vínculo real con la mujer
que lo gestó con un hombre que tampoco está, esto
marca una huella que es sentida como un “agujero”.
Al
ser adoptado, hay una posibilidad de reparación y cambio.
Se inaugura un nuevo vínculo, generalmente el primero de
una experiencia de amor y una vivencia de satisfacción,
que marca una impronta en la sensación de sentirse contenido
y seguro. El bebé comenzará a conectarse afectivamente
con sus padres adoptantes, a conocer el tono de voz, el olor familiar
y los tiempos. Entonces ese “agujero” comienza a cerrarse,
si todo va siendo lo suficientemente normal.
El
proceso de ser uno mismo, no se produce en el acto del nacimiento,
tiene que ver con una necesidad humana básica y fundamental
para el desarrollo del ser, que es la necesidad de apego y de
ser parte de la historia de alguien para quién el vínculo
también tenga un sentido especial.
Esta
necesidad básica para el armado emocional, es tan necesaria
como el alimento y precisa de una interconexión afectiva
profunda. El afecto también nutre. Cuando se establece
el apego, una separación es más desgarrante y potencia
la separación de la mujer que lo gestó.
El
entrecruzamiento entre la capacidad de dar y la necesidad de apego,
constituyen una trama vincular-afectiva que tiene la función
de una anidación extrauterina.
Un niño que ya ha vivido una separación y un abandono,
es un niño más demandante, porque ya conoce el abandono.
Cuando
una pareja o una persona desea adoptar, se debe elaborar una carpeta
donde se evalúan los aspectos psicológicos, entre
otros. Este diagnóstico debe hacerse con la mayor seriedad,
sin pensar “que cualquier adopción siempre será
mejor que un instituto”. Esto no es verdad, porque son muchas
las personas que desean adoptar y esperan años hasta sortear
la burocracia interminable.
Una
vez aceptado, padres y niño comenzarán una trama
vincular constituyente, y otra falla para el niño podría
ser causante de un duelo muy difícil de elaborar. El temor
a los nuevos vínculos, a querer y la desconfianza para
no correr el riesgo de un nuevo abandono pueden ser irrecuperables.
En el período de guarda, ya se arman vínculos fuertes,
que deben ser preservados, salvo en los casos de maltrato infantil,
como se haría con los lazos cosanguíneos.
Así
como no se puede retornar al vientre materno por arrepentimiento,
los niños no pueden quitarse. El temor a esta posibilidad
trae una angustia latente en todos los padres e hijos adoptados
y esto puede producir una inestabilidad inadecuada. El vínculo
a través de la adopción es fundante, es el de una
verdadera paternidad que no puede interrumpirse sino con la marca
de un duelo indeleble.
Lic. Eva Rotenberg
Autora del libro “Adopción, el Nido anhelado”,
Lugar ed.
Coordinadora del área de adopción de la Asociación
Psicoanalítica Argentina.
Coordinadora del área de adopción de la Asociación
Médica Argentina.
Directora de ¨La Escuela para Padres¨.
www.escuelaparapadres.net