Las
situaciones de violencia entre niños y adolescentes son
cada vez más graves y reiteradas, pero son también
una forma de expresión y canalización de la violencia
social y familiar. Es un síntoma de una situación
de emergencia y es importante pensar de qué modo intervenir
y ayudar.
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La escuela es un espacio intermedio entre la
familia y la sociedad, donde los chicos pasan muchas horas y expresan
lo que viven en su mundo interno y el medio familiar.
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La violencia es un modo de expresión
de una persona que carece de otros recursos ante una situación
que siente como desesperante. Es la forma que encuentra alguien
angustiado y desesperanzado de comunicar lo mal que se siente,
y de exteriorizar su resentimiento y su odio.
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Los chicos no son violentos porque tengan un
gen de la violencia. Todos tenemos aspectos positivos y destructivos,
y depende mucho del vínculo que se cree en la familia para
que se potencien unos u otros.
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En algunos casos de hijos violentos el tema
de la violencia se debe al excesivo control de los padres, a que
no les permiten el disenso, a que no los reconocen como personas
con posibilidades de pensamiento autónomo. Pero también
puede deberse a casos de abandono emocional, maltrato familiar
y falta de contención.
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Estos son vínculos enfermantes y hacen
que un chico vaya acumulando en su interior los sentimientos de
odio, angustia, resentimiento e impotencia. Si un chico no puede
expresar lo que le pasa con palabras, irá acumulando el
malestar y se convertirá en un volcán que puede
entrar en erupción en cualquier momento y que buscará
cualquier forma para exteriorizar esa energía contenida.
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La escuela es el lugar de pertenencia y sociabilidad
de los chicos, pero es también un lugar con exigencias,
donde surgen competencias y rivalidades con los compañeros.
Ante la inestabilidad de los vínculos familiares, las carencias
emocionales y las inseguridades encuentran en la escuela un lugar
para establecer vínculos, aunque sean violentos.
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Vínculos de contención
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No hay que esperar situaciones extremas para
encarar el problema. La familia no tiene que perder tiempo para
consultar si ve síntomas en los hijos, y la escuela debe
ofrecer un espacio abierto para trabajar con los padres y con
especialistas de salud mental.
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La escuela y la familia deben armar redes de
solidaridad y crear vínculos de contención y respeto
tanto para el alumno como para el docente.
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Crear vínculos sanos es fundamental,
porque que un alumno esté con treinta compañeros
no significa que esté vinculado, de la misma forma que
el hecho de que un chico tenga familia no significa que haya diálogo.
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Cuando realmente los vínculos existen
hay posibilidad de que se manifiesten los conflictos. Entonces
el chico encuentra un espacio en el cual puede poner en palabras
lo que le pasa y de este modo se desactiva el volcán.
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Por Eva Rotenberg
Para LA NACION