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Obesidad infantil y trastornos en la alimentación

El alimento desde el nacimiento está íntimamente ligado al vínculo, los trastornos en la alimentación tienen que ver fundamentalmente con trastornos vinculares. No es la única determinación, pero sobre esta se asientan otras complejidades que desarrollo en el capítulo.

La teta, la mamadera y la comida pueden ser dadas vehículizando el afecto y la contención o pueden transmitir descarga y ansiedad o solo comida concreta. Ya Spitz demostró que los niños alimentados solo con comida, pero sin vínculo afectivo se deprimían y podían llegar a morir.

Autora, Lic. Eva Rotenberg *

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   La obesidad infantil es un trastorno en la alimentación que involucra tanto lo biológico como lo emocional y presenta particularidades y diferencias respecto de la obesidad en adultos. Un niño es un sujeto en formación en quién se están constituyendo los recursos internos para afrontar la vida, pero mientras tanto necesita contar con los recursos yoicos de los padres, quienes están involucrados tanto en la constitución de la enfermedad como en el tratamiento.

   Esta patología tiene su manifestación en lo físico pero tanto lo que la genera, la ansiedad que lleva a la ingesta compulsiva, como las consecuencias que tiene en el niño, el sufrimiento que vive generado por la discriminación, son de orden emocional. Es un trastorno y un síntoma que expresa una angustia del niño pero es a la vez generadora de mayor angustia para él y para los padres por cómo repercute en el entorno social y familiar. Las consecuencias que produce realimentan a las causas formando un círculo vicioso dejando al niño en un estado de mayor vulnerabilidad psíquica.

   Los padres desean ayudar al hijo, desean verlo bien, integrado con los amigos, disfrutando de la infancia y del juego, pero lo ven sufrir. Y no pueden sin embargo hacer ellos por su hijo lo que a él le resulta tan difícil, cuidarse con la comida. Entonces ¿cómo ayudarlo? ¿Cómo desarticular este círculo atrapante?

   Lejos de pensar que la solución a los trastornos en la alimentación de los niños está en las dietas, el éxito en el abordaje justifica y requiere una perspectiva diferente.

   Este trastorno presentado en los niños no puede pensarse por fuera del vínculo y en este sentido involucra a los padres en las causas y en el tratamiento. Pero esto no implica que haya un culpable. No se trata de culpas, cada uno tiene su propia historia y hay que comprender que muchas veces pese a que se quiera hacer todo lo mejor para los hijos, por diversos motivos, el hijo puede no recibirlo de esta manera. Hay historias que se complejizan por circunstancias de la vida, como pérdidas tempranas, divorcios, migraciones, accidentes o enfermedades.

   La obesidad surge como procedimiento defensivo en dos sentidos: por un lado como auto calmante de la ansiedad y de la sensación de vacío, se reemplaza el vínculo por el uso compulsivo del chupete y luego por la ingesta de comida. Y por otro lado, como modo de recubrir el aspecto de la personalidad sentido como desvalido. Por debajo de un cuerpo más robusto que el de los compañeritos, un niño obeso esconde mucha fragilidad.

   Puede haber un desencuentro entre el amor que los padres sienten por su hijo y cómo lo recibe él, que se va repitiendo, potenciando y complejizando con el tiempo, frente al cual el niño come compulsivamente tratando de llenar-se la panza, de llenar interiormente un vacío que no se llena nunca, por lo menos con comida, porque es un vacío de otra cosa.

   Los padres generalmente intentan controlar la ingesta del niño ya sea escondiendo la comida o sometiendo al niño a regímenes de alimentación que no puede cumplir y que lo hacen sentir diferente al resto de la familia y amigos. Reaccionan así porque sienten un cierto rechazo, inconscientemente perciben que el hijo no responde a su ideal. Tiene muy poco control de sus impulsos y creen que lo pueden ayudar ejerciendo ellos un control de la comida, pero se encuentran con la realidad: el cuerpo del niño no les pertenece, no pueden controlarlo, esto puede generarles mucha impotencia.

   El niño, con la ingesta compulsiva, en el fondo intenta calmar un profundo miedo, una intolerancia a las frustraciones, fuertes impulsos autodestructivos y mucha rabia contenida.

   La obesidad como defensa no es un pedido de control, sino la expresión sintomática de una necesidad de contención.

   Es un modo de manifestación de un desborde de la personalidad, como resultante de un niño que aún no tiene un Yo suficientemente fuerte para contener sus propias ansiedades. Y sus padres por algún motivo fallan en la contención del niño, no logran funcionar como Yo auxiliar sino que al ejercer un control sobre él, incrementan la ansiedad. Esto puede complicarse derivando en episodios de bulimia como intento de “autocontrol”, por supuesto ineficaz.

   Frecuentemente los padres se sienten avergonzados al tener un hijo obeso y el niño ve en la mirada de sus padres el reflejo de esa vergüenza que siente como rechazo y que le devuelve una imagen degradada de sí mismo. Estos son otros aspectos del vínculo que incrementan la ansiedad y por ende, la ingesta.

   El tratamiento de la obesidad infantil difiere absolutamente del tratamiento de la obesidad del adulto quien tiene la posibilidad de decidir por sí mismo si quiere hacer el esfuerzo requerido para bajar de peso y que puede, además, relacionarlo con situaciones que le generan ansiedad como también con su sexualidad, su salud, y otras causas y limitaciones relacionadas al sobrepeso. Es decir, la motivación le es propia.

   El niño no tiene una motivación genuina de adelgazar, lo que necesita es otra cosa, es no sentirse rechazado sino entendido y poder manejar mejor sus emociones, especialmente el enojo.

   Depende absolutamente de sus padres y le resulta muy importante que ellos comprendan qué le sucede a nivel del ser, cuáles son las causantes de su ansiedad que lo llevan a comer para llenar una sensación de vacío interno, especialmente no ver en el rostro de sus padres una mirada de rechazo. Esta problemática nunca le incumbe sólo a él porque el ser humano se constituye en un vínculo.

   Es importante que los padres se den cuenta del significado sintomático de la obesidad, es decir que puedan diferenciar entre la contención emocional y el control de la ingesta.

   En los casos en que la respuesta familiar es el control de la comida, se coloca al niño en una situación paradojal: si obedece al “deseo” de los padres de no comer entra en un vínculo de sometimiento en el que pierde el dominio de su propio cuerpo y esto no puede ser sostenido durante mucho tiempo porque la ansiedad continúa. Mientras que si desobedece y come, se encuentra con la mirada rechazante de los padres. En ambos casos, no se comprende qué es lo que le sucede al hijo que tiene esa necesidad compulsiva de comer.

   De este modo, el niño queda cada vez más fijado en una situación imposible: tiene ciclos en los que quiere complacer a sus padres y otros en los cuales responde a su voluntad, pasando del control de los otros al descontrol. Esto lo lleva a sentir que si obedece es bueno y si no, es malo. Como no puede sostener mucho tiempo esta situación, termina con la sensación de que siempre desilusiona a los padres. Se genera de este modo un círculo vicioso potenciador de la angustia.

   Los padres de Ana, una niña de 8 años, consultaron por su exceso de peso. En las entrevistas diagnósticas surgió que tenía una relación muy cercana con su madre, pero muy vacía en relación al padre. Este nunca le dirigía la palabra, se comunicaba con ella a través de la madre porque suponía que la hija no entendía, por ser aún pequeña y porque le causaba rechazo tener una hija gorda. A partir del diagnóstico, pudimos trabajar con los padres, ellos descubrieron aspectos que no habían tenido en cuenta y así se comenzó a flexibilizar el vínculo, lo que produjo efectos positivos en la disminución de la ansiedad y por lo tanto de la ingesta. El cambio en el vínculo con los padres le permitió sentirse más segura, más valorada, empezó a sentir que era “alguien” para el papá y así pudo ella misma fortalecer su autoestima y relacionarse mejor con sus amigas.

   El obeso es una persona que es frecuentemente discriminada a cualquier edad, los amiguitos no lo elijen para participar en los juegos, siempre lo dejan último. Lo llaman el gordo, que es equivalente a ser el boludo. Esto genera una vivencia muy traumática, el niño no cuenta con recursos yoicos para enfrentar el conflicto, se resiente su autoestima y de este modo se incrementan los efectos secundarios a la ansiedad y posibles sufrimientos que originaron el consumo compulsivo de la ingesta. No participa en los deportes y a medida que crece, le empieza a resultar más difícil relacionarse con el otro sexo. Se convierte en “el mejor amigo” para no ser expulsado de los grupos, pero en el fondo no sabe defenderse.

   Se le va armando una realidad en la cual tanto en lo familiar como en lo social tiene interdependencias vinculares que le producen ansiedad, aunque sus padres lo quieran muchísimo y sufran por verlo excedido en el peso. Se confunde su ser y su potencialidad con la descalificación por el sobrepeso.

   El enfoque terapéutico difiere del tratamiento en los adultos. Los tratamientos que abordan individualmente al niño, ya sea apuntando a un régimen de comidas o a lo emocional, frecuentemente fracasan porque solo tienen en cuenta un eje del problema pero no incluyen la interdependencia afectiva padres-hijo, cercenando toda posibilidad de comprensión acerca del origen y sostén de la obesidad.

   Nos damos cuenta, en este sentido, que hay que ayudar a los padres a que interrumpan el círculo vicioso. Una mamá decía en una reunión de la Escuela para Padres, que los padres sienten al hijo como “la carta de presentación” de ellos y por lo tanto se incomodan cuando están con el hijo obeso, porque es como que él (con la gordura) muestra “algo” de lo que no se puede tomar conciencia y está oculto pero que les hace sentir vergüenza porque también está a la vista. En este sentido, la obesidad es un “síntoma a la vista” y a muchos padres les causa rechazo. Debemos comprender que es el único modo de expresión del sufrimiento del niño y su abordaje incluye especialmente a los padres.

   El objetivo del tratamiento consiste en ayudar a que los padres se den cuenta de lo que le sucede al hijo y a ellos. Interiorizar la diferencia entre el control y la contención, descubriendo lo que el hijo está reclamando para poder comprenderlo y encontrar el modo de contenerlo. Diferenciando también ser gordo de ser “una vergüenza familiar”, pudiendo ser una persona sumamente inteligente, sensible y que pueda ser sociable.

   Sintiéndose contenido ningún niño precisa “comer y comer” sin tener un límite interno que le indique la saciedad.

   Son niños que están muy pendientes del deseo del otro, no pueden construir recursos internos para sostenerse a sí mismos. Esta es una adquisición que se va logrando a medida que se internalizan vínculos que van fortaleciendo la autoestima y es por este motivo que no registran un límite interno de saciedad, ya que ésta nunca se refiere tan sólo al alimento. Para sentirse satisfecho, hay que poder registrar las sensaciones del propio cuerpo y darle cabida a lo que se siente. Si el niño desvaloriza lo que siente, deja de escucharse y de escuchar a su cuerpo. Pero a su vez, la falta de límites internos es una reacción al control del Otro. Desafiar ese control, comiendo más y más, es como sentirse libre, aunque sea contra sí mismo. Esa es la trampa.

   Si los padres no descubrieron los elementos para contenerlo porque ellos mismos han carecido de esa contención o no saben de qué modo llegar al hijo, es muy difícil pensar la posibilidad de un cambio. Cuando los padres descubren qué le pasa encuentran el cómo y entonces son los padres mismos los que operan en el vínculo con su hijo, convirtiéndose en agentes de salud.

   El proceso terapéutico que permite a los padres desarticular el círculo vicioso patógeno es mucho más efectivo que someter al niño a un tratamiento individual. Mediante este proceso los padres descubren un nuevo modo de vincularse con el hijo que lo estimula en el desarrollo de su personalidad, no sólo enfocando en el problema de la comida que como vimos es una consecuencia y no una causa.

   En la adolescencia está también ligado a la ansiedad por la sexualidad, a aceptarse el cuerpo y estar con el otro sexo sin sentir que es una prohibición moral. Hay que tener un yo bastante fuerte para sostener las sensaciones placenteras y el poder estar con otro especialmente si existen prohibiciones internas, vergüenzas e inhibiciones.

   Teresa comenzó a engordar a partir de la adolescencia cuando comenzó a salir a bailar y tener un noviecito con el que estuvo seis meses, cortaron y a los cuatro meses comenzó a salir con otro. Su papá, hombre muy distante, comenzó a decirle que “siempre estaba con otro”. Empezó a tener “sensaciones extrañas” y a engordar. Fue un modo de que no la miren los hombres, de no existir sexualmente. La sexualidad representaba algo “malo”, aunque soñaba con un novio ideal. Estos sentimientos eran incompatibles, tener novio la distanciaba de la imagen internalizada de su padre, engordar la protegía de su deseo y lo vivía como una prueba de si la “elegirían por ella”.

 

 

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